A quince años de la sanción de la Ley Nº26.150, Programa Nacional de Educación Sexual Integral y de la ley 2110 de Educación Sexual Integral de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, hay preguntas que todavía se oyen en las casas, en los medios, en las escuelas: ¿Para qué sirve la Educación Sexual Integral (ESI)? ¿De qué hablamos cuando hablamos de ESI?

En realidad, no es que esas preguntas no tengan respuestas; las hay, pero han sido insuficientes probablemente no han permeado en toda la sociedad. Muchos todavía ponen en duda el valor y la necesidad de la existencia de la ESI. El Estado se ha ocupado de dar respuesta a través de leyes, de políticas, de programas que han puesto en agenda la necesidad de que se hable de Educación Sexual Integral porque es un derecho. La sociedad civil, los feminismos, los centros de estudiantes también se han ocupado de poner este tema en agenda. Desde la aprobación de las leyes, la bandera no volvió a bajarse, pero para muchos todavía la sigla ESI sigue siendo un misterio o un cuco. Una parte de la comunidad docente considera al “sexo” como sinónimo de “sexualidad” y a la educación sexual integral como “clases de sexo”; y lo mismo pasa con padres y madres.

Un problema que se plantea ante este escenario es el siguiente: ¿es posible que la escuela dicte Educación Sexual Integral con adultos y adultas que todavía tienen tantos miedos y más prejuicios que quienes tienen que “recibir” esa educación? De hecho, una de las dificultades en la implementación de la ESI es que les adultes –docentes, padres, madres- no hemos trabajado nuestra sexualidad. Si quedan dudas, preguntémonos: ¿Qué educación sexual hemos tenido? ¿Conocemos nuestro cuerpo, nuestras emociones? ¿Cómo es mi autoestima? ¿Qué hago frente a las preguntas de niñes y adolescentes? De educación sexual integral sabemos poco, aunque hayamos tenido sexo, amado y cuidado toda la vida. Ejemplo de esto es el reciente “escándalo” mediático que se armó a raíz de la compra de penes de madera por parte del Ministerio de Salud de la Nación. 

Más allá de estos problemas, o aún a pesar de ellos, está probado que cuando la ESI llega a las vidas de niñas, niños y adolescentes tiene la potencia de provocar cambios profundos.

En una escuela media de Balvanera, por ejemplo, un alumno de 17 años, que había recibido varios talleres de Educación Sexual Integral (ESI) le contó a su mamá todo lo que había escuchado en el colegio sobre violencia de género y la convenció de irse de la casa, para escaparse de su marido violento. La decisión estaba tomada pero no sabían cómo hacerlo sin exponerse a una reacción violenta del padrastro del alumno de Balvanera. “Le dimos números de teléfono y direcciones de lugares donde podían contener a su mamá y orientarla en cuanto a la manera y el momento en que debían irse. A él lo apoyamos y lo acompañamos durante todo el proceso. También lo felicitamos por su valentía. Y, claro, lloramos de emoción cuando nos contó que finalmente su mamá, su hermanita y él, vivían tranquilos en un lugar sin insultos, amenazas ni golpes”, contó Nerina, una de las docentes. En la clase de Formación Ética y Ciudadana de una escuela de La Boca, en la que se abordaron temas de ESI, un estudiante contó que un tío falleció de una de las enfermedades llamadas “oportunistas” del sida. Le detectaron el virus muy tarde y falleció en muy poco tiempo. “Murió solo como un perro. Es re feo cómo se estigmatiza a las personas que tienen VIH. Me quedé sin ninguna pertenencia de mi tío, y yo que me llevaba bien, lo re quería. Sólo me quedan los recuerdos. Mi tía no es mala, pero pensaba que, quemando sus cosas, mataba el virus. Tenía miedo. Ahora que sé cómo se transmite, voy a hacer que ese prejuicio desaparezca”, reflexionó el alumno.

Después de abordar cuestiones de género, estereotipos, violencias contra las mujeres, puede pasar que una chica se angustie y se anime a contar que fue abusada o que está sufriendo algún tipo de violencia. También es frecuente que una vez terminado el taller de ESI se acerquen para hacer preguntas que por alguna razón no hicieron en el transcurso del taller.

Por otro lado, sucede que más allá de los sectores más progresistas que siguen el impulso del feminismo y la “marea verde” que inunda las aulas e instala sus debates, en otros adolescentes todavía no está claro de qué se habla cuando se habla de ESI y si no se trabajan temas de salud sexual, estereotipos o violencia pareciera que no es ESI. Por ejemplo, cuenta Valeria, una docente, que un día la clase de inglés en segundo año giró en torno al análisis de publicidades y los estereotipos de belleza instalados en la sociedad. Al principio muchos repitieron belleza y perfección como sinónimos. También hablaban de ojos claros, cabellos despampanantes, alturas llamativas, extrema delgadez, entre otras descripciones. Luego eso se fue poniendo en cuestión. Para ir cerrando, les contó que esa clase estaba enmarcada dentro de la Ley de Educación Sexual Integral. Justamente, al decirlo, un alumno respondió “pero no hablamos de sexo”. “Y tenía razón, claro. Pero seguiremos trabajando en ESI para que dejen de pensar que es sólo hablar de sexo. Ese día tocó el timbre y en vez de estar desesperadxs por ir al recreo, un clima de profunda introspección reinó en el curso”, agrega Valeria. Es que la ESI incorpora la perspectiva de género en las aulas, una categoría por la que todos, todas y todes estamos atravesados y de la que no se puede permanecer inmutable.

Además, la ESI también impacta en la vida y los modos de enseñar de los y las docentes. Por eso es importante su formación constante en el tema. Un profesor de Taller de una escuela técnica comentó que una alumna, a quien él quería “ayudar” a mover un motor, le dijo “gracias profe, pero yo puedo”. A partir de ese comentario, se dio cuenta de cómo solía hacer diferencias entre chicas y chicos en sus clases, y está empezando a modificarlo.

Retomando las preguntas del comienzo, la ESI sirve entre muchas otras cosas para liberar a niños, niñas y niñes de los corsets de género que venimos arrastrando los adultos y todavía les transmitimos; también puede cambiar la vida de familias enteras, y la manera de enseñar de las y los profesores. La ESI es una herramienta para demoler prejuicios y estereotipos de género que no tienen ninguna razón de ser más que la reproducción de las costumbres y de una cultura que sigue subordinando a los cuerpos feminizados y a los que se apartan de la norma. Con la ESI se insiste sin pausa en ese trabajo de paciente demolición, aún quince años después de la sanción de estas dos leyes esenciales, porque lo que está de fondo, lo que sostiene la desigualdad y la opresión de género, son milenios de historia patriarcal. 

Ilustración de Magda Castría @magdacastria

*Este artículo está basado en dos artículos de la autora: “¿Para qué sirve la ESI?” publicado en Página/12 el 24/08/209 y el epílogo al libro “Las mujeres cuentan, las niñas también. Educación inicial con perspectiva de género y derechos. Análisis de caso en dos jardines platenses” de Antares Dudiuk, Edulp. 2021.


Sonia Santoro

Periodista. Escritora. De formación Licenciada en Comunicación con un diplomado en Género y Comunicación. Cursando Maestría en Género y Políticas Públicas (UNTREF).

Escribió los libros “Mariposas de Río” (Edelvives México, 2021), “Penélope recorre el mundo” (Edebé México – 2017), “Periodismo con G. Entrevistas en perspectiva” (Ed. Biblos – 2016), “Y un día me convertí en esa madre que aborrecía” (Capital Intelectual – 2010) entre otros.

Se desempeña como redactora en el diario Página/12 desde hace más de 20 años y es coordinadora del Observatorio de Igualdad de Género de la Defensoría del Pueblo de la ciudad de Buenos Aires.

Como activista feminista es responsable del capítulo de medios en la Alianza Global de Medios y Género. Integra la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género. Y es la vicepresidenta de la Fundación Mujeres en Igualdad.